Una visita inesperada

Aquel camping tenía todo lo que buscábamos cada verano. Pinos altos, buena sombra, parcelas bien cuidadas, el río al lado y ese silencio que solo se rompe con conversaciones de fondo o algún plato al recogerse.

Nos instalamos cerca del camino de tierra, montamos las tiendas sin prisa, dejamos la comida sobre la mesa y abrimos unas cervezas. Durante el día hacíamos lo de siempre. Pescar, volver llenos de polvo, ducharnos con agua caliente y sentarnos a cenar sin mirar el reloj. Por la noche nos quedábamos charlando hasta dormirnos y dejábamos la tienda un poco abierta, lo justo para que corriera el aire y ver algo fuera.

Los ruidos de la noche  

La segunda noche me despertó un ruido seco cerca de la mesa. No le di importancia, pero al rato volvió. Esta vez más claro. Un pequeño salto, algo que se movía y luego silencio. Me quedé escuchando con esa incomodidad de no saber qué tienes cerca en plena oscuridad.

A la mañana siguiente lo comenté con los demás. Uno también había oído algo. Otro juraba que la bolsa de pan estaba más abierta. Nos reímos, pero ya no era solo cosa mía.

La “intrusa” que nos tuvo en vilo

Esa noche estuvimos más atentos, recogimos casi todo… pero volvimos a dejar la tienda entreabierta y, al cabo de un rato, el ruido volvió.

Esta vez no hubo dudas. Algo se movía con decisión sobre la mesa, saltaba al suelo y volvía a subir. Desde dentro, mirando por esa pequeña abertura, todo parecía más cerca de lo que realmente estaba.

Encendí la linterna de golpe. No había nada. Pero la bolsa de pan estaba en el suelo.

Ahí cambió el ambiente. Dejamos de bromear y nos quedamos atentos, en silencio. Y volvió a pasar. Un movimiento rápido, tan cerca que se oyó incluso la tela de la tienda rozarse ligeramente. Esta vez enfocamos mejor, directamente hacia la mesa.

Y entonces la vimos

Entonces vimos una ardilla, quieta, mirándonos como si llevase allí un buen rato. No salió corriendo. Se quedó unos segundos y luego saltó al árbol más cercano.

La risa salió sola. Llevábamos dos noches montándonos una película por una ardilla.

El resto del viaje fue tranquilo, como esperábamos, pero la ardilla siguió viniendo las noches siguientes. La notábamos por los ruiditos fuera, los mismos saltos, ese ir y venir alrededor de la mesa. Para entonces ya cerrábamos bien la comida y la tienda.

Y aun así, no nos molestaba.

Porque al final, eso también era parte de estar allí. Dormir con los sonidos de fuera, no saber muy bien qué se mueve entre los árboles y acabar riéndote de ello al día siguiente.

De esos detalles que no planeas, pero que son los que hacen que el camping se recuerde de verdad.

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