Libretas llenas, copas vacías

Es lo bueno de viajar en temporada baja, cuando nadie quiere irse de vacaciones. Ahí está sentado en una silla de la terraza de la habitación, mirando a la playa del hotel. Con la mano izquierda coge el vaso de whisky. Al levantarlo, los hielos hacen que el cristal resuene en el silencio de la noche. 

En temporada alta está imagen hubiera sido difícil de recrear, menos aún viajando solo. Pero en esas fechas, fuera de fines de semana, fuera de julios y agostos, de puentes, de semanas santas, siempre le dejaban las mejores habitaciones. Como aquella, grande y con vistas. Hay algo en las habitaciones de hotel que le inspira. 

Después de dar un sorbo y dejar el vaso de nuevo en la mesa, abre una libreta y toma alguna nota. Aquello se convertirá en un relato, quizá en un libro, quién sabe cómo acabarán los derroteros de la inspiración. Mira a su lado, a la silla vacía. Es una habitación para dos aunque esté solo. Le gusta la soledad, no le importa viajar así, le inspiran estas situaciones, adora el silencio y la tranquilidad pero… pero aún así, si ella estuviera allí, a su lado, todo sería mejor. 

Sigue escribiendo algo en la libreta. Está tentado de acercar su mano al teléfono móvil, hacer una foto, mandársela, decirle «ojalá estuvieses aquí». Pero rompería el momento, lo sabe. Es mejor concentrar toda esa melancolía en la libreta. 

Vuelve a dar un sorbo al whisky con hielo. Siente como ese placentero quemazón baja por la garganta, le calienta el estómago en una noche fresca. Pronto hará frío. Ha ido en el momento justo, piensa, para evitar la masificación turística, por un lado, y el frío húmedo del invierno cántabro, por otro. Se escucha el mar. Sus ojos, ya acostumbrados a la oscuridad después de un rato en esa terraza sin luces, pueden ver las olas que llegan al hotel. 

Otro sorbo, otro párrafo. 

Un par de personas pasean a sus perros allí, al final de la playa. Mira el reloj. El bar del hotel aún está abierto. Mira la silla de al lado, vacía. Mira el vaso, solo quedan los hielos. Mira la libreta, llena. Quizá es hora de bajar al bar, siempre hay gente interesante en el bar de un hotel, siempre hay historias que escuchar o que contar. Quien sabe, quizá hasta pueda ahuyentar a la misma soledad. 

Mira hacia la playa mientras se levanta, hacia los paseantes de perros, y les hace un gesto con la copa vacía, un brindis desierto que nadie ve en la noche, justo antes de salir de la habitación.

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