Estoy escribiendo esto desde el portátil, en el asiento de copiloto, volviendo a casa con cuatro horas de sueño y el coche oliendo a crema solar y cheetos.
Estoy reventado, pero feliz. De esos cansancios que te recuerdan que el fin de semana mereció cada minuto.
Cuando llegamos al hotel
El viernes llegamos al hotel. Fue emocionante porque hacía años que no coincidimos todos juntos y llevábamos meses hablando de estas vacaciones. Dejamos las mochilas en la habitación y subimos directos a la terraza.
El paisaje era brutal. Todo abierto, la luz dorada cayendo despacio sobre las montañas y nosotros apoyados en el bordillo, mirando en silencio durante unos segundos y aterrizando de golpe en el momento.
Después alguien abrió la primera cerveza y Marta sacó la anécdota de Granada… entonces ya no hubo vuelta atrás. Exageramos detalles, nos imitamos fatal y discutimos sobre qué pasó de verdad.
Y así empezaron oficialmente nuestras vacaciones.
Cuando bordeamos la piscina
Bajamos a la piscina después de arrasar el desayuno del hotel. El agua estaba fría, pero nadie quería ser el último en entrar. Nos quedamos un momento bordeándola, tanteando el agua con el pie y haciendo ese teatro típico de:
—Uf… está helada.
Alguien contó hasta tres… y nadie se movió.
Nos miramos, nos reímos… y al final fuimos entrando poco a poco, uno detrás de otro, como pingüinos, quejándonos del frío y levantando alguna que otra salpicadura.
Hubo gritos, muchas risas y tardamos poco en estar a gusto.
Cuando dijimos “solo una”
Y la tarde, la tarde fue otro nivel. Bajamos al bar diciendo “solo una”.
Mentira.
Cayeron cuatro o cinco cervezas y, cuando sonó nuestro temazo, acabamos en la pista. Salieron los pasos prohibidos, los bailes ridículos y las risas que empiezan suaves y acaban descontrolándose.
Bailamos durante horas como si no hubiera un mañana.
Cuando llega el día después
Dormimos cuatro horas y entonces en el desayuno llovían las ojeras y los vídeos comprometidos pasaron de móvil en móvil.
Ahora, de vuelta en el coche, mirando la carretera, pienso en qué hizo tan especial estos días.
Es bonito saber que, aunque pasen los años, con ciertas personas todo sigue funcionando exactamente igual. Y también haber encontrado un lugar que nos acogió y nos permitió simplemente estar así: juntos, riéndonos, como siempre.