Chocolate con churros

La fachada resplandecía entre la niebla. La inconfundible cencellada zamorana reposaba mullida sobre las rejas de la ventana. Un antiguo y elegante letrero de ‘Hotel’ coronaba la puerta. El acogedor rellano se intuía tras los cristales empañados de la entrada. 

Me paré frente a este acceso, cogí aire y lo solté de forma liberadora. El vaho rebotó contra mi bufanda de lana y humedeció mi congelada nariz. Recordé la calidez del ambiente interior y avancé con mi pie derecho. El ventanal se separó para permitirme el acceso. 

Pisé el primero de los tres escalones cubiertos por una alfombra roja, continúe subiendo y al fin noté el calor y el olor a hogar. No podía creer que hubiera pasado tanto tiempo. Esta vez no había nadie en la recepción, pero el aroma que provenía de la cocina era inconfundible. 

—El chocolate caliente y los churros recién hechos son la mejor forma de combatir el frío —decía siempre mi abuela.   

Solté mi mochila en el suelo, relajé mis hombros y cerré los ojos para transportarme a ese último invierno que pasé con ella. La vi sonreírme mientras me servía una taza. 

—Esto nos calentará el cuerpo para pasear por la nieve —me dijo.

—¿Y podremos hacer un muñeco, yaya? —le pregunté yo.

—Solo si no te quitas la ropa de abrigo para ponérsela —concluyó riéndose mientras me colocaba el cuello de la chaqueta.

—Buenos días, señorita. ¿Puedo ayudarla? —Escuché repentinamente tras de mí. 

Volví de golpe al momento actual y me giré para ver a quién pertenecía esa voz tan familiar. No reconocí su rostro, pero no pude evitar sentir cercanía y confianza en su mirada y su sonrisa. 

—Buenos días. Soy Luz, la nieta de la señora Milagros —respondí. 

Y entonces un agradable escalofrío recorrió mi cuerpo y me dibujó una tímida sonrisa. 

Gracias por participar.
Tu historia ya forma parte de Historias que nos unen.
Si tu relato resulta seleccionado, nos pondremos en contacto contigo.
¡Mucha suerte!