La llamé porque sabía que no estaba bien. No me contó mucho por teléfono, pero tampoco hacía falta.
Le dije: “vente este finde conmigo al hotel”, porque sabía que necesitaba salir un poco de casa.
Lo que se dice frente a una taza de café
El sábado por la mañana bajamos a desayunar. Había tostadas, café caliente y mermelada en esos tarritos pequeños que siempre parecen especiales cuando estás fuera. Mientras yo untaba una tostada, ella miraba el café con las manos alrededor de la taza, como si necesitara el calor.
Al rato empezó a hablar. Primero despacio. Luego todo seguido.
Que si la ruptura, que si las cosas que no dijo, que si ahora todo le parecía raro. Que la casa se le hacía enorme desde que él se fue. En un momento se quedó callada, miró por la ventana y dijo, medio sonriendo:
—Es ridículo… pero ayer me puse a llorar porque ya no sé para quién comprar yogures.
No supe qué decir. Así que seguí untando mermelada en la tostada y empujé el plato hacia ella.
Cuando vuelve la risa
El comedor del hotel estaba tranquilo. Se oían las tazas, una cafetera al fondo, gente riéndose en otra mesa. Ella dio un mordisco a la tostada y puso una cara rara.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Nada… que está buenísima.
Y se rió… a pesar de sus ojos cansados.
Lo que a veces basta
Después salimos a la terraza, el sol ya estaba calentando y las personas empezaban a bajar a la piscina. Nos quedamos un rato en silencio, mirándolos. En un momento se volvió hacia mí y me dijo:
—Gracias por insistir en que viniera.
Se lo dije tal cual:
—Para eso estamos.
No añadí nada más. Y creo que tampoco hacía falta.
Porque a veces lo único que uno necesita es eso: un lugar que te llame, te espere y sepa acompañarte un rato.