Empecé en marzo, cuando el Hotel aún parecía desperezarse del invierno. El mar, justo enfrente, seguía teniendo ese color serio de los meses fríos, y el buffet amanecía cada día en silencio, esperando a que alguien le diera sentido.
Yo también estaba empezando: uniforme nuevo, manos torpes y la sensación de estar entrando en un lugar que todavía no conocía, pero que pronto sería rutina.
Ser camarero de buffet no es solo reponer bandejas o limpiar mesas. Es aprender a moverte antes de que el día empiece para los demás. A las seis y media de la mañana, mientras el sol aún no asomaba por el paseo marítimo, nosotros ya alineábamos platos, comprobábamos temperaturas y vigilábamos que nada faltara. El desayuno, lo aprendí pronto, no admite errores: un café frío o una bandeja vacía pueden estropear un día entero.
Con el verano, el hotel se llenó de vida. Llegaron los acentos extranjeros, los clientes fieles de siempre y el murmullo constante del comedor lleno. Aprendí a reconocer miradas antes que palabras: quién quería leche fría, quién esperaba que el beicon estuviera bien hecho, quién sonreía solo con que le desearas buenos días. En el buffet uno aprende a estar sin hacerse notar, a formar parte del engranaje del hotel como si siempre hubiera estado allí.
El momento especial llegó en octubre, cuando el ritmo bajó y el hotel recuperó su calma. Aquella mañana entró una pareja mayor, cogidos del brazo. Caminaban despacio, con esa serenidad que solo da el tiempo compartido. Eligieron una mesa junto a la ventana, desde donde el Mediterráneo parecía más cercano.
Mientras reponía fruta, los observaba: él apartó la silla para que ella se sentara, ella le sonrió como si aún fueran jóvenes. Cuando me acerqué a retirar los platos, me pidieron algo poco habitual para un desayuno: dos copas pequeñas de cava. Dudé un instante, pero acepté. Al regresar, él levantó la copa con cuidado.
—Hoy celebramos veinticinco años —me dijo—. Los mismos que tiene el hotel.
Ella añadió, emocionada:
—El hotel se inauguró el año que nos conocimos. Desde entonces volvemos siempre que podemos.
Me explicaron que el hotel había cambiado con los años, igual que ellos, pero que seguía siendo su lugar especial. Que no necesitaban lujo, solo esa vista, ese desayuno tranquilo y la sensación de volver a un sitio que forma parte de su historia. Brindaron despacio, sin prisas, como si quisieran retener el momento. Antes de marcharse, me llamaron. Él me entregó una servilleta doblada.
—Gracias por acompañarnos hoy —dijo. La abrí más tarde. En ella había escrito: “Los lugares no se miden por los años, sino por los recuerdos que guardan. Hoy, gracias a ti, celebramos los nuestros.”
Ya estamos en enero y el comedor estaba casi vacío, como en mis primeros días. Limpié el buffet por última vez, apagué las vitrinas y miré el mar desde la misma ventana donde aquella pareja había brindado. Pensé en todo lo vivido en esos meses: madrugones, cansancio, aprendizaje y pequeños momentos que no salen en ninguna guía turística. Entendí entonces que el hotel, con solo veinticinco años de historia, ya estaba lleno de recuerdos. Y que, aunque yo solo había pasado allí de marzo a enero, también había dejado una parte de mí entre esas mesas, esas bandejas y esas mañanas frente al mar.