—¡Mamá, papá, dice que hay una ruta que sale justo desde aquí! —Y que es fácil, y que hay un mirador escondido. —Y que nos presta una mochila.
Mis hermanos y yo les señalábamos el mapa que el recepcionista había abierto sobre el mostrador, hablando los tres a la vez. Mis padres se miraron y dijeron que sí, más por quitarnos el aburrimiento que por otra cosa.
Estábamos en el lobby esperando a mis abuelos, que se habían ido a un pueblo cercano. El plan era ir a la playa todos juntos cuando volvieran, pero la espera se hacía larguísima.
El recepcionista nos vio dando vueltas y se acercó.
—Si queréis hacer algo mientras esperáis, hay una ruta muy bonita que empieza justo aquí al lado —nos dijo—. Es fácil, tiene sombra y termina en un mirador que merece la pena.
Sacó un mapa, marcó el camino con un boli y nos explicó cuál era el primer desvío.
A nosotros, eso nos hizo muchísima ilusión.
Lo que empezó como un plan para “matar el tiempo”…
Salimos los cinco juntos. El bosque sonaba a pájaros y a viento suave. Mis hermanos iban delante, diciendo tonterías y picándose como siempre. Mis padres caminaban más tranquilos, por fin sin mirar el móvil cada dos por tres.
En el primer cruce dudamos. ¿Izquierda o derecha? Sacamos el mapa y vimos una nota escrita a mano: “Seguid el sonido del agua”. Nos quedamos quietos un segundo. Se oía un arroyo cerca, así que fuimos hacia allí.
…se convirtió en una aventura de verdad
El sendero nos llevó a un claro. Nos sentamos un rato, bebimos agua, nos reímos y empezamos a hablar de recuerdos antiguos, de cuando éramos más pequeños.
Un poco más adelante llegamos al mirador. Nos quedamos sin palabras. El paisaje era enorme. Nadie dijo nada durante unos minutos.
La vuelta al hotel
Al regresar, el recepcionista levantó la mano, como saludándonos de lejos.
—¿Qué tal la ruta?
Se lo contamos todos a la vez. Desde el bar nos trajeron vasos de agua bien fría y nos enseñaron otra ruta para el día siguiente.
Volvimos al lobby distintos. Y justo entonces aparecieron mis abuelos por la puerta.
—¿Y vosotros? ¿Dónde estabais? —preguntó mi abuela, sorprendida.
—Nada —dijo mi hermano—. Solo… caminar.
Pero era mucho más que eso. Y lo fue gracias a algo tan sencillo como tenerlo todo a mano: las indicaciones, la ayuda cuando la necesitábamos y la sensación de que ese sitio estaba pensado para que aprovecháramos cada minuto. A veces, el mejor recuerdo es el que aparece cuando alguien te ayuda a abrir la puerta correcta.