Mis tíos me dijeron que ese día tenía un regalo especial de Navidad, que nos íbamos “a donde Papá Noel duerme cuando viene a la ciudad”. Noté un cosquilleo en la barriga y me subí al coche sin decir nada, solo preguntando todo el rato cuánto faltaba.
Cuando entramos en el hotel, lo primero que vi fue un árbol enorme, lleno de luces y bolas brillantes. Había regalos debajo, de los que parecen de película. También olía a algo rico, como a galletas de Navidad.
En el mostrador había una chica con un jersey rojo. Me miró directamente y sonrió “Hola, tú debes de ser la valiente de hoy” dijo.
Se llamaba Clara. Me colocó un gorro rojo en la cabeza y señaló una flecha dibujada en el suelo.
—Esta es tu primera pista — me dijo despacio. Solo las valientes pueden seguirla.
Noté que el corazón me latía muy rápido.
La puerta roja
Clara caminó con nosotros por un pasillo largo. Había estrellas pegadas en las paredes y guirnaldas con lucecitas pequeñas. Yo lo miraba todo, sin querer perderme nada.
Al final del pasillo vi una puerta diferente. Era muy grande, completamente roja y tenía una pequeña campanita. Clara se paró delante y me dijo que ahí descansaba Papá Noel cuando iba al hotel
Dentro había una chimenea con adornos, calcetines colgados, una cama muy grande con una manta de cuadros y estanterías llenas de juguetes y libros. El aire olía a canela y a chocolate. Parecía que hacía un ratito alguien había estado allí.
Encima de la almohada vi un paquete pequeño envuelto en papel verde… y tenía mi nombre escrito. Las manos me temblaron un poco.
El regalo secreto
Abrí el paquete con cuidado y me encontré con un muñeco pequeñito de Papá Noel. Tenía una barba blanca que picaba al tocarla y unos ojos brillantes que parecían entender mi felicidad. Llevaba un cinturón negro diminuto y unas botas. Lo agarré fuerte contra mi pecho, por si se escapaba la magia.
— Este es solo para ti — dijo Clara — para que nunca olvides esta tarde —. Asentí, apretando los labios para no llorar de emoción.
Luego fui hasta un libro grande que estaba sobre la mesa, con dibujos de renos y letras grandes. En una página ponía: “Recuérdales a los niños que la magia existe”.
Levanté la cabeza y miré a Clara. Ella sonrió, repitió en voz bajita la frase y me abrazó mientras yo lloraba de emoción.
Lo que se quedó conmigo
En el coche, de vuelta, cerré los ojos y veía la puerta roja, la chimenea, la cama de cuadros, los juguetes, el libro. Y también la cara de Clara esperándome en el pasillo.
Esa noche, y muchas noches después, apreté fuerte mi muñeco de gorro rojo. Entonces me acuerdo de Clara y siento que esa tarde sigue siendo mi propia historia de Navidad.